Quejumbroso _ 13 de marzo de 2015
Desafié al instinto, a la memoria, cada palmo aprendido no valió
de nada y mi corazón se transformó.
Ahora desaliento los sobresaltos presurosos con estertores
de niño endeble, melancólico e inmaduro.
Porque soy errático, de mirada débil, y corazón demasiado
visible y tonto, al igual que un perro que sale a pasear.
De modo que cruento destino me atañe a la hora de esta
queja, porque asi los hombres cuentan, a cuenta gotas, sus sucesos.
A Collante